Cada Pequeña Cosa, dirigida por Sally Aitken, es un documental que se adentra en el corazón con la intensidad delicada de sus diminutos sujetos: los colibríes. Ambientada en Los Ángeles, la película se centra en Terry Masear, una mujer que ha dedicado su vida a rehabilitar colibríes heridos. La lente de Aitken captura no solo la fragilidad de estas criaturas, sino también la resiliencia del espíritu humano, tejiendo una historia que es tanto sobre sanar uno mismo como sobre salvar a otros.
La película nos introduce en el mundo de Masear con una poesía visual que es tanto impresionante como íntima. Su hogar en Hollywood Hills, transformado en un santuario de aviarios, zumba con el aleteo de sus amigos, nombrados con cariño como Raisin, Cactus y Wasabi, entre otros. El uso de la cinematografía en cámara lenta de Aitken es simplemente impresionante, revelando la extraordinaria agilidad y delicada belleza de los colibríes de maneras que parecen casi de otro mundo.
Masear misma es una figura cautivadora, una mezcla de idealismo sin rodeos y excentricidad cálida que la hace instantáneamente atractiva. Su dedicación es claramente visible mientras alimenta meticulosamente a los colibríes bebés con jeringas, construye jaulas de vuelo elaboradas y navega por la montaña rusa emocional de sus recuperaciones, o, desgarradoramente, sus pérdidas. Aitken sabiamente deja que las acciones de Masear hablen más alto que las palabras, aunque sus narraciones ocasionales brindan agudas perspicacias sobre las vidas de los colibríes y la suya propia. La película insinúa una motivación más profunda, una tragedia personal que impulsa su trabajo, aunque lleva tiempo revelar la completa magnitud de su historia.
Donde la película realmente sobresale es en su exploración del viaje personal de Masear. A mitad de camino, conocemos las tragedias que la han moldeado: abuso en su infancia, la pérdida de su esposo, Frank, después de 33 años de un matrimonio vibrante y aventurero. Estas revelaciones son manejadas con un toque hábil, nunca sensacionalizadas pero tejidas sin problemas en la narrativa de su trabajo con los colibríes. Aitken establece un paralelo entre la propia sanación de Masear y la recuperación de las aves, sugiriendo que al cuidar de estas criaturas frágiles, Masear también se está cuidando a sí misma.
Uno de los elementos más impactantes de la película es su representación de la interfaz humano-animal. Conocemos a los “encontradores”, personas comunes que llevan aves heridas a Masear, a menudo formando vínculos profundos con sus pequeños pájaros. Estas interacciones resaltan una capacidad humana más amplia para la empatía, pero también exponen una tensión: la brutal verdad de la naturaleza que Masear acepta pero otros luchan por aceptar. “Solo los fuertes sobreviven”, señala, un recordatorio contundente de los límites de la compasión frente a la ley natural.
Cada Pequeña Cosa es un testimonio del poder de los pequeños actos, un recordatorio de que la sanación, ya sea de un ala rota de un pájaro o de un corazón humano roto, es un proceso de paciencia, amor y dejar ir. Aitken ha creado un documental tan delicado y mágico como sus sujetos, uno que nos invita a detenernos, maravillarnos de las pequeñas maravillas del mundo y encontrar esperanza frente a la fragilidad.
Cada Pequeña Cosa llega a los cines de Luna Palace el jueves 27 de marzo.
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